El pozo de Tooru

"Which is why I'm writing this book. To think. To understand. It just happens to be the way I'm made. I have to write things down to feel I fully comprehend them."

Categoría: Cuentacuentos

La señal

Un hombre se acerca a la ventana y, tirando una colilla a través de la persiana entreabierta pregunta:

– ¿Crees que todo esto tiene algún sentido?

– No lo sé – responde ella – pero si no continuamos nunca lo sabremos.

Pasan los minutos y ambos permanecen en silencio. El calor despierta a las gotas de sudor que, poco a poco, van empapando sus ropas y dejando un inestable olor a establo en el ambiente.

– Bien, yo ya estoy cansado, ¿sabes?. Esto está pasando de castaño oscuro y se está tornando negro carbón. ¡No sé si me entiendes! – dice él.

– Tranquilo, chico, ¿no ves que esto no ha hecho más que empezar?.

Siguen pasando las horas, el destino se acerca y ninguno sabe cómo reaccionar.

– Pero, ¿cómo reconoceremos que ha llegado el momento?- pregunta él, desesperado.

– ¿De qué hablas?. Ya sabes que habrá una señal. Estamos esperando la señal.

– Yo no creo que vaya a llegar ninguna señal, ¿sabes?. Eso sólo son cuentos.

Sigue un tenso silencio. Es un silencio que ocupa toda la habitación, todo el edificio. El silencio ocupa todo el continente y finalmente el universo entero. Es un silencio sepulcral.

A veces, la señal no llega.

Un día precioso

Suso sabe que es un día especial, mira a los lados y reconoce ese color aceituna de las paredes. Ana le dijo que podía elegir el color y él eligió el aceituna. Ana siempre juega con ventaja.

Escucha unos pasos que se aproximan por el pasillo, detrás de la enfermera entra Ana.

-Cómo estás, Susín, ¿ya has recogido el maillot amarillo?.

-Sí, y unas chicas muy guapas me han venido a felicitar, y me han dado dos besos, y me han sacado muchas fotografías. Mañana seré el héroe de todas las portadas de los periódicos.

Ana asiente.

-Ahora ya sabes que tenemos que regresar a casa, ¿verdad?.

-Sí, la verdad es que estoy ya harto de estar aquí encerrado. Un deportista como yo siempre quiere respirar aire puro. Este aire envenenado me daña el cerebro.

Con un rápido gesto Ana le tiende el bastón a Suso, que lo coge con su rugosa mano de setenta y cuatro años. Su cerebro está consumido por el Alzheimer, pero tiene una salud de hierro, tan sólo ha sido una torcedura de tobillo lo que le ha llevado al hospital en esta ocasión pero, siendo su edad tan avanzada, el médico ha creído oportuno ingresarle.

-¿Has visto el día tan estupendo que hace?.

-Sí, Martina, hace un día maravilloso, creo que hoy saldré a entrenar con los chicos. Julio siempre adora entrenar en días como el de hoy, dice que el sol le recarga la batería y pedalea más rápido. Yo creo que son sólo fantasías, la verdad. Este Julio es un buen tipo pero tiene cada cosa…

Hace meses que Suso no reconoce a Ana, la confunde con su difunta esposa Martina. Al principio Ana sintió una dura punzada de tristeza cuando comprobó el alcance de la enfermedad, pero poco a poco se ha ido acostumbrando. Ahora sabe llevarlo mejor. Suso tampoco recuerda que su amigo Julio murió hace diez años, es otro de los efectos de la enfermedad. Sin embargo, Ana ha comprobado que él es feliz viviendo en su cabeza una vida que terminó hace ya treinta y cinco años, rodeado de sus amigos y de su esposa. Cuando ella murió, de alguna manera, Suso dejo de vivir.

Ana adora a su padre, sufre con su enfermedad pero, ¿quién es ella para quitarle la ilusión?, ¿quién es ella para traerle a la decepcionante y triste realidad?. ¿Acaso no es esto lo que debería hacer una buena hija?.

Juntos salen por la puerta, Suso apoyado en su bastón y sujeto por la firme mano de Ana. Ana reprime una lágrima y sonríe radiante a su padre. Al fin y al cabo, hace un día precioso.

Las enseñanzas de la Luna

He hablado con la Luna, me ha dicho que lo deje pasar. He dudado un instante pero, al fin y al cabo, ¿quién soy yo para juzgar a la Luna?, ¿soy acaso mejor que ella?. Creo que no.

He seguido mi camino y por un instante me ha parecido que todo volvía a cobrar sentido, pero sólo ha sido un instante. En seguida he vuelto a bajar la cabeza y he observado con detenimiento el balanceo de mis piernas, como si yo estuviera fuera observándome a mí mismo, en una especie de película del presente en la que yo y mi pesado caminar fueramos los protagonistas.

Entonces lo he tenido claro, todo había perdido cualquier ápice de sentido que en algún momento pudiera haber tenido, ¿cómo había podido dudar de ello con lo claro que estaba?.

De repente ha anochecido y allí estaba ella, otra vez. Con la cara roja por la ira y el resentimiento, como un niño pequeño, he gritado al cielo:

¡Qué!, ¿contenta?.

¿Por qué dices eso, querido? – me ha contestado la luna, con su brillante sonrisa, un tanto sorprendida.

¿No ves por lo que estoy pasando?. Quizás si me echaras una mano podría salir de este pozo sin fondo en el que me encuentro.

Ya te he dicho, querido, que lo mejor que puedes hacer es dejarlo pasar, quitarle hierro al asunto. Ya lo sabes, te lo he repetido centenares de veces.

Sí, tienes razón – mi furia se ha aplacado, tenía toda la razón, ¿qué culpa tenía ella? – Pero no puedo dejar de pensar que hace tan sólo unos días todo parecía menos difícil…

¿Días, querido?, llevas así varios meses. ¿Tan ofuscado has estado con tu problema que has perdido la noción del tiempo?.

Me he quedado pensativo. He alzado la mirada para observar la límpida mirada de la luna. Tras unos instantes de silencio desafiante, ha concluido:

Fíjate en mí por un momento. Yo sí tengo razones para tomarme en serio, ¡soy la Luna, nada menos!, pero, ¿ves acaso que me angustie tanta responsabilidad?. No, ¿verdad? – pausa –. Lo que quiero decirte, querido, es que tienes que aprender a tomarte menos en serio.

Creo que esta vez sí he aprendido la lección.

Las palabras no pronunciadas

Él nunca había sentido vértigo, por lo menos no un vértigo tan acusado y más teniendo los pies perfectamente clavados en la tierra. Tenía un nudo en la garganta y le costaba respirar. Una respiración acelerada, un regusto amargo en el fondo del paladar y las piernas que apenas se mantenían derechas.

Giró la cabeza, con un golpe de muñeca agarró el botellín de agua mineral que había dejado instantes antes sobre la mesa de madera bruñida, echó un trago, ladeó su cabeza en un gesto humillado y, con la voz más grave que supo modular, dijo:

– Adela… ya sabes…pues eso.

Ella asintió y deshizo su gesto adusto convirtiéndolo en una dulce sonrisa. También ladeó la cabeza, esta vez en un gesto tierno, y contestó:

– Sí, ya sé. Y sí, sí quiero.

El vértigo se acentuó en la cabeza de Él, una fina punzada hirió el hemisferio derecho de su cabeza, el que procesaba mejor las emociones, e instantes después rompió a llorar deshecho en lágrimas de felicidad.

Cuentacuentos

Pues bien, hace unas semanas Javi nos propuso a Jose y a mí hacer una contada. Decidimos que estábamos un poco oxidados y había que desentumecerse, así que hablamos con Encarna, subdirectora del Colegio Mayor San Agustín y amiga, y en cuestión de días acordamos fecha y hora para el evento.

Pensamos que sería interesante plantear una contada con cuentos de terror, así que rebuscamos entre el material que ya teníamos y añadimos tres cuentos más. Finalmente, repetiremos dos que ya habíamos preparado para contadas anteriores y contaremos tres nuevos.

El nuevo cuento que he preparado es todo un reto para mí. Ha sido muy divertido prepararlo y ahora sólo espero que salga todo lo bien que se merece.

Encarna me ha enviado un cartel que han preparado desde el Colegio Mayor para anunciar el evento.

Regresando a casa

-¡Esto se mueve, chico!.

-¿Y qué quieres, no creerías que sería una balsa de aceite?. Es el G y son las siete de la tarde, ya sabes, el conductor se convierte en el neng de Castefa y quema zapatilla que da gusto.

-Ya…

Se quedaron ambos callados, concentrados en no salir despedidos a ambos lados del autocar rojo de piso-bajo-continuo. En lo sucesivo quizá se trajeran casco para coger el autobús de vuelta.


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