El pozo de Tooru

"Which is why I'm writing this book. To think. To understand. It just happens to be the way I'm made. I have to write things down to feel I fully comprehend them."

Categoría: Poesía

Emoción

Emoción de verdad es aquello que sientes cuando al escuchar una canción, ver una película o leer una poesía se te hace un nudo en la garganta y la mirada se te queda clavada en el infinito, anclada en un punto lejano e imposible de enfocar. La emoción verdadera te hace pensar en cosas que nunca vivirás pero que, de alguna manera, sientes íntimamente cercanas.

Las cosas que provocan una intensa emoción no son siempre las mismas para una misma persona, depende del momento, de la compañía y, sobre todo, del momento vital que uno esté viviendo. Es precisamente por eso que uno vive épocas en las que se siente desligado del cine, de la música o de ambas cosas al mismo tiempo. Pero al igual que todo aquello que sube tiene que caer, también llega un momento en que las películas vuelven a emocionar, las canciones de nuevo erizan el vello y los buenos poemas te dejan helado por fuera y conmovido por dentro una vez más.

Dicho esto, el pasado fin de semana vi Cisne Negro, descubrí una preciosa versión de Lucha de gigantes y, para colmo, esta mañana, en un vagón del metro, he leído este soneto de Miguel Hernández, perteneciente a El rayo que no cesa,

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

 

Cisne Negro:

 

Lucha de gigantes, por Love of lesbian y Zahara:

 

Artritis metafísica

La semana pasada fue intensa y este fin de semana ha sido el bálsamo perfecto para recuperarme e iniciar la que empieza con ganas e ilusión. Y eso a pesar de las ocho horas de autobús con las que he tenido que lidiar.

Durante las últimas 48 horas me he dedicado, casi en exclusiva, a dormir, comer (mucho y muy rico) y ver la segunda temporada de Twin Peaks. Rara, rara, rara. Una vez he llegado a casa, después de planchar algo de ropa, hablar por teléfono y hacerme un té, he querido entrar a escribir un par de cosas.

Todavía soy de los que disfrutan eligiendo un cd de la estantería y pinchándolo en el reproductor, así que echando un vistazo he localizado uno que fue un regalo y que ahora, liberado de toda carga sentimental, es, sencillamente, un maravilloso libro-cd con algunos de los mejores poemas de Ángel González.

Hay uno que siempre me ha gustado, pero hoy, por alguna razón que desconozco, me ha llamado poderosamente la atención. Este hombre fue un genio irrepetible.

Siempre alguna mujer me llevó de la nariz
(para no hacer mención de otros apéndices).

Anillado
como un mono doméstico,
salté de cama en cama.

¡Cuánta zalema alegre,
qué equilibrios tan altos y difíciles,
qué acrobacias tan ágiles,
qué risa!

Aunque era un espectáculo hilarante,
hubo quien se dolió de mis piruetas,
lo cual no es nada extraño:
en semejante trance
yo mismo
me rompí el alma en más de una ocasión.

[…]

Artritis metafísica. Ángel González.

Tanto va el cántaro a la fuente…

Sí, hoy ha sido un día de ésos del cántaro. Todo el maldito día dándole vueltas a cómo obtener una gráfica de un modelo de Abaqus, desesperado, a las 19:00 mando un correo electrónico a un profesor y, voilà, cuando estaba a punto de marcharme con la cabeza como un bombo de tanto buscar una solución, ¡zas!, a eso de las 19:40 la encuentro, apago el ordenador y al gimnasio, a celebrarlo con una horita de bici.

Estos días son la cara del doctorado, la cruz es cuando te quedas hasta las 21:00 y terminas marchando a casa con un mosqueo de tres pares de narices.

Cada vez soy menos de mirar atrás, antes lo era mucho más, pero todavía de vez en cuando lo hago. Ahora, cuando miro lo que ha cambiado mi vida en los dos últimos años casi no me lo creo. Quienes han compartido estos dos últimos años conmigo, aunque sea a ratos, supongo que se habrán dado cuenta de la enorme diferencia entre el tipo de antes y el de ahora. Agonías era una palabra que me definía a la perfección entonces, sin embargo, ahora no se puede decir lo mismo. Evidentemente, ayuda levantarse por la mañana y coger el metro de buen humor, sabiendo que uno va a dedicar el día a algo que le aporta mucho, tanto intelectual como personalmente.

A modo de reflexión última, una reflexión primera. Siempre me ha encantado la poesía del difunto Ángel González, antes y ahora. Su poesía tendía a la melancolía, a un pesimismo incurable bañado de ironía, profunda y fina ironía. A diferencia de entonces, ahora, aún adorando estos poemas, no me siento identificado con ellos.

Despertar para encontrarme
esto:
la vida así dispuesta,
el cielo
turbio, la lluvia
que lame los cristales.

Abrir los ojos para ver
lo mismo,
poner el cuerpo en marcha para andar
lo mismo,
comenzar a vivir, pero sabiendo el fracaso final de la hora última.

Si esto es la vida, Dios,
si éste es tu obsequio,
te doy las gracias – gracias – y te digo:
Guárdalo para ti y para tus ángeles.

Me hace daño la luz con que me alumbras,
me enloquece tu música
de pájaros,
pesa tu cielo demasiado,
oprime,
aplasta, bajo y gris, como una losa.

Todo está bien, lo sé,
Tu orden
se cumple.

Pero alguien
envenenó las fuentes
de mi vida, y mi corazón es
pasión inútil, odio
ciego, amor desorbitado,
crisol donde se funden
contrariedades con contradicciones.

Y mi voluntad sigue,
inútilmente,
empeñada en la lucha más terrible:
vivir lo mismo que si tú existieras.

Reflexión primera. Ángel González.

Y el velo cayó

El día que cayó el velo sufrí un infarto.
Fue un infarto gris, de pelo largo y puntas sucias,
fue un infarto no deseado.
No tomé precauciones.

Pasaron los meses y creció,
se hizo grande el infarto.
Lo cuidé con mimo hasta que casi me come,
resultaba yo entonces un suculento bocado.

En mi ingenua tristeza creí que no me recuperaría,
no sabía,
que al otro lado aguardabas tú,
amor,
para devolverme a la vida.

A %d blogueros les gusta esto: